Pilot Kaküno y el poder de una sonrisa

Pilot Kaküno

Hay objetos que llegan a nuestras manos y permanecen allí al margen. Otros, en cambio, encuentran un lugar un poco más profundo. Hace poco llegó a mí una pluma estilográfica, la Pilot Kaküno. Es, en apariencia, una pluma sencilla, básica, ligera, casi juguetona. Pero escribe como deben escribir las cosas que cumplen su propósito, sin titubeos, sin quedarse a mitad del camino. Su trazo es limpio, agradable, hermoso.

Y tiene un detalle que me conquistó, una característica que le da un toque especialísimo, en el plumín hay una pequeña sonrisa dibujada en el plumín, como si alguien hubiera decidido esconder un gesto de alegría en el lugar más inesperado, es una pequeña extravagancia, un lujo diminuto.

La pluma estilográfica Pilot Kaküno y el arte de darse un regalo

La Pilot Kaküno llegó a mí como un regalo, más bien, como un detalle (diferencia entre regalar y dar un detalle). Pero no exactamente como suelen llegar los presentes, pues no fue el obsequio de alguien que decidió pensar en mí, ni la invitación de quien quiso compartir conmigo unas horas, ni esas pequeñas atenciones que a veces esperamos mientras miramos de reojo el teléfono, el reloj o el calendario, fue más bien un detalle de una persona mucho más difícil de conquistar y de entender. Yo mismo.

Hay una forma silenciosa de tristeza en esperar siempre. Esperar que alguien recuerde, invite, tenga un detalle, que alguien encuentre un momento entre sus propios afanes. A veces esperamos tanto esas señales que terminamos convirtiendo la espera en una costumbre y en ese momento comienza el error, porque nadie debería pasar la vida sentado frente a una puerta que quizá nunca se abra.

También podemos regalarnos aquello que esperamos

Esto no significa que no necesitemos a los demás, es una verdad probada que los necesitamos —para bien o para mal—. La amistad, el afecto, la compañía y las palabras compartidas siguen siendo algunas de las formas más hermosas de la existencia.

Hay, no obstante, una diferencia entre esperar el cariño de otros y suspender nuestra propia vida hasta recibirlo, porque si no llega la invitación, podemos aprender a salir, sino hay regalo, podemos escogerlo, si nadie tiene tiempo para nosotros, podemos reservarnos una tarde y si durante un tiempo escasean las palabras amables, podemos comenzar por hablarnos nosotros mismos con un poco más de ternura.

Pero eso es una de las formas más difíciles del amor propio, no la vanidad de contemplarse, sino la decisión de no abandonarse, así las cosas, esta pluma no es simplemente otra pieza en una colección que podría haber ocupado un lugar más en una estantería, haber sido solamente una compra pequeña, una curiosidad, un objeto bonito entre otros. Pero ahora significa algo distinto, pues es el recuerdo de que también puedo ser quien prepara —y recibe— el detalle.

Una pequeña sonrisa sobre el papel

Quizá por eso me gusta tanto esa sonrisa diminuta del plumín, porque está allí cada vez que la pluma toca el papel y no importa qué escriba, ya sea una idea, una nota, una página, una frase que quizá nadie leerá, pero la sonrisa permanece, y hay un porfundo mensaje en ello.

Porque uno puede atravesar días difíciles sin que el mundo se detenga a preguntarnos cómo estamos. Puede haber jornadas grises, conversaciones que no llegan, afectos que no encuentran respuesta y silencios demasiado largos, pero todavía podemos poner una hoja sobre la mesa, destapar la pluma, y escribir, y seguir escribiendo.

Entonces, a veces la felicidad no llega haciendo ruido. Se parece más a una pequeña pluma sobre un escritorio, una tinta que comienza a correr y una sonrisa escondida en el metal, y hoy creo que deberíamos tener una así nosotros también, una sonrisa pequeña, persistente, casi secreta. No porque todo esté bien, sino porque, incluso cuando no lo está, seguimos aquí, y seguimos escribiendo.

La Pilot Kaküno me recordó algo sencillo que olvidamos con demasiada frecuencia, que hay regalos que nadie viene a entregarnos, sino que algunos tenemos que aprender a dárnoslos. Y eso es el más difícil de todos los amores, aquel amor de no esperar para empezar a querernos.

Autor

  • Santiago Pérez Hernández

    Abogado y escritor. Mi práctica jurídica en derecho comercial, civil y MASC se nutre de una profunda vocación por la historia y la literatura. Creo en el derecho no solo como norma, sino como una relación humana que requiere rigor académico y análisis crítico. Colaborador recurrente en medios, donde transformo el rigor técnico en crónicas donde el derecho, la política y la economía dialogan con el pasado.

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