Hay terremotos que no mueven la tierra

Hay terremotos que no mueven la tierra. No derriban edificios ni abren grietas en las calles. Ocurren en silencio, debajo de la piel, allí donde nadie puede medir la magnitud del desastre. Son los acontecimientos de la vida cuando llegan con la fuerza suficiente para derrumbar aquello que creíamos firme: una certeza, una admiración, una confianza, quizá una imagen que durante años habíamos construido con cuidado.

Hay personas que habitamos como quien habita un templo. Las miramos desde abajo, con esa mezcla de respeto y afecto que solo reservamos para quienes alguna vez colocamos en los pedestales del alma. Y entonces ocurre algo. Una palabra. Un hecho. Una verdad que aparece demasiado tarde en el camino. Y entonces la máscara cae y detrás de ella hay un rostro que quizá habríamos preferido no conocer.

Siempre he pensado que la ignorancia tiene algo de misericordia. La ignorancia es la felicidad, ha sido, más de una vez, una de mis proclamas. Porque aquello que desconocemos no puede herirnos. Lo que no sabemos no pesa. Hay mentiras que, mientras permanecen intactas, tienen la apariencia dulce de la tranquilidad.

¿Por qué romper el espejismo?

¿Por qué descorrer el velo?

Quizá sea mejor que los años sigan pasando y que los hechos permanezcan cubiertos por esa delicada penumbra en la que algunas verdades parecen menos crueles. Porque cuando el velo finalmente cae —por voluntad de alguien, por accidente o simplemente porque el tiempo termina por desgastarlo— aparece lo que siempre estuvo detrás, esa verdad en su desnuda, oscura e ignominiosa transparencia.

También existen réplicas.

Después del primer movimiento, nada vuelve a estar completamente quieto. La tierra tiembla otra vez. Y otra. Cada réplica encuentra una grieta distinta y la ensancha un poco más.

Así ocurre también dentro del alma.

Hay heridas que nadie ve y que, sin embargo, duelen con una profundidad atroz. No sangran, no dejan cicatrices visibles, no aparecen en ningún diagnóstico. Pero permanecen. Y cuando las réplicas llegan una tras otra, cuando aquello que parecía una excepción empieza a convertirse en una certeza, uno termina frente a una decisión que no tiene respuestas sencillas.

Quedarse.

Esperar.

Resistir.

O alejarse antes de que todo termine de caer.

Hay momentos, sin embargo, en los que incluso salvarse parece una forma de cansancio. Porque también hace falta fuerza para abandonar los escombros, para aceptar que aquello que admirábamos quizá nunca fue lo que creímos, para reconstruir sobre una tierra que todavía tiembla.

Y entonces aparece la tentación de dejar que todo caiga. No por cobardía, sino por agotamiento.

Que los muros terminen de ceder. Que el último pedazo de certeza se desprenda del techo. Que el silencio llegue después del estruendo.

Tal vez porque, algunas veces, uno no teme al derrumbe, sino que teme tener que vivir después de él.

Y quizá eso sea lo verdaderamente terrible de ciertos terremotos, no tanto que destruyan lo que amábamos, sino que nos obliguen a seguir viviendo cuando ya sabemos que aquello en lo que creíamos nunca volverá a levantarse de la misma manera.

Hay verdades que liberan.

Y hay verdades que simplemente dejan escombros.

Autor

  • Santiago Pérez Hernández

    Abogado y escritor. Mi práctica jurídica en derecho comercial, civil y MASC se nutre de una profunda vocación por la historia y la literatura. Creo en el derecho no solo como norma, sino como una relación humana que requiere rigor académico y análisis crítico. Colaborador recurrente en medios, donde transformo el rigor técnico en crónicas donde el derecho, la política y la economía dialogan con el pasado.

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