Senadores Pedarii: el eterno retorno

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En la penumbra del Senado romano, cuando el aire se espesaba con la retórica incendiaria de Cicerón o las sutiles amenazas de César, existía un grupo de hombres cuya presencia se medía no por el eco de su voz, sino por el sonido de sus sandalias sobre el mármol. Eran los pedarii. Su nombre, humilde y casi despectivo, derivaba de pes —pie—. No tenían derecho a la palabra, no subían al estrado ni adornaban la historia con discursos memorables. Su única función era caminar —y votar—. Cuando llegaba el momento de la decisión, se desplazaban hacia un lado u otro de la curia para sumar su cuerpo al bando de los optimates o de los populares.

Aquellos senadores de pies silenciosos eran el campo de la balanza en un mundo fracturado. Mientras los optimates se aferraban a los privilegios de la sangre y la tradición, y los populares agitaban las plazas prometiendo pan y tierras, los pedarii aguardaban en las sombras del debate. No eran protagonistas, pero eran imprescindibles. Eran la masa crítica que convertía una idea en ley, moviéndose según soplara el viento de la conveniencia, el miedo o la promesa de un favor futuro.

Dos mil años después, bajo las cúpulas modernas de nuestros congresos, el fantasma de los senadores pedarii sigue recorriendo los pasillos. Han cambiado la toga por el sastre y las sandalias por el calzado de marca, pero su esencia permanece intacta. Son esos políticos que habitan en el centro de la nada, que no proponen leyes ni defienden principios con el fuego de la convicción. Su estrategia es la invisibilidad; su talento, la quietud.

En Colombia, los vemos aparecer en las votaciones decisivas. Son los que no figuran en los titulares, los que evitan las cámaras y los micrófonos, pero cuyos votos deciden el destino de una reforma o el nacimiento de una ley. Como sus antepasados ​​romanos, se mueven con las mareas. No pertenece a una facción por lealtad, sino por cálculo. Son peones útiles en el tablero de los poderosos, figuras que están sin estar, cuya única huella es el rastro de sus pasos hacia el sol que más calienta.

A veces olvidamos que la política no solo se escribe con grandes palabras, sino también con silencios cómplices. Los pedarii de hoy, al igual que los de la era de Cayo Julio César, nos recuerdan que el poder no solo reside en quien grita más fuerte, sino en aquel que, sin decir nada, simplemente sabe hacia dónde caminar. La historia, al final, es un eterno retorno de pies que avanzan sin rumbo fijo, buscando siempre el refugio de la mayoría, de la conveniencia.

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Autor

  • Santiago Pérez Hernández

    Abogado y escritor. Mi práctica jurídica en derecho comercial, civil y MASC se nutre de una profunda vocación por la historia y la literatura. Creo en el derecho no solo como norma, sino como una relación humana que requiere rigor académico y análisis crítico. Colaborador recurrente en medios, donde transformo el rigor técnico en crónicas donde el derecho, la política y la economía dialogan con el pasado.

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