Me cuesta sonreír. Las pocas fotografías que me guardan no conservan ni un temblor de risa, como si la boca hubiese aprendido antes el reposo que la alegría. Tal vez siempre fue así, pero con los años el gesto pesa más.
En un mundo que exige felicidad —o al menos su máscara— la seriedad se vuelve sospechosa, empiezan las preguntas que no quieren abrigo, sino explicación. No sé por qué no sonrío. Quizá la monotonía que lima los días, las tradiciones que cansan, las decepciones que enseñan a bajar la voz.
Todo parece lejano: el éxito, el amor, la amistad, incluso la belleza, como ciudades vistas desde un tren que no se detiene. Y sin embargo, bajo esta quietud obstinada, persiste una brasa mínima, la esperanza de que un día la sonrisa regrese sin permiso, como vuelven las cosas verdaderas.


