Al poner la música de moda, parece que se abre una ventana a un mundo hecho de estribillos pegajosos y palabras que se agotan en sí mismas: groserías lanzadas como confeti, insinuaciones repetidas hasta el cansancio, ritmos tan iguales a sí mismos que podrían haber sido ensamblados en una fábrica. Todo está pensado para atrapar el oído durante unos segundos, no para acompañar un pensamiento. Son canciones diseñadas como productos, son simples, rentables y desechables.
En otro rincón habita la música de antes, esa que exige al oyente un pequeño acto de rebelión, el detenerse. Ahí, la canción no es un gancho sino un viaje. Las melodías se enroscaban unas en otras como enredaderas, las armonías abrían habitaciones secretas en el oído, y la técnica, casi sobrenatural, dejaba entrever años de disciplina silenciosa. Cuando además se unían a estas arquitecturas sonoras unas letras bien labradas, con metáforas que parecían sacadas de viejos cofres de poemas, la canción se convertía en un refugio, en una casa diminuta donde cabían la melancolía, el amor, el deseo, la esperanza y el consuelo.
No es que antes fuéramos mejores y ahora peores, como a veces dictan las nostalgias impacientes. La música de cada época es el espejo de su fiebre. La nuestra vive apurada, fascinada por lo inmediato, lo escandaloso y lo desechable. ¿Cómo habría de sonar, entonces, sino estridente y urgente, como una notificación que no cesa?. Tenemos la música que nos acompaña como una sombra, la que refleja nuestras prisas, nuestras distracciones y también nuestra renuncia a la profundidad.
Quizá por eso, cuando de pronto suena una melodía antigua, compleja, paciente, sentimos algo parecido a la vergüenza y al alivio. Como si, por un instante, recordáramos que también podríamos ser de otra manera.


