He defendido a menudo que el azar es una de las formas más hermosas de la generosidad. Las casualidades —por su propia escasez— poseen el brillo de los hallazgos arqueológicos, que son tesoros que no sabíamos que existían, pero que nos estaban esperando.
Hace unos días, el azar me regaló un obsequio inesperado. Los blogs donde publico son criaturas humildes, levantadas con el esfuerzo de quien desconoce los secretos del código, los laberintos del SEO o la arquitectura de los metadatos. Son, refugios construidos a mano, con la torpeza y el cariño de un artesano aficionado. Sin embargo, mientras revisaba el posicionamiento de uno de ellos —hasagotlex—, tropecé con una sorpresa conmovedora. Allí, entre algunas páginas de revistas, trabajos de investigación y de un libro, aparecía mi nombre. Me encontré citado, como quien encuentra una huella conocida en un camino lejano.
No es una alegría que nazca del orgullo o la vanidad, sino de algo mucho más profundo, la certeza de que el mensaje ha llegado a la otra orilla. Escribir es, en el fondo, lanzar una botella al océano vasto de la información con la esperanza de que alguien, en algún lugar, la recoja y la lea.
Saber que nuestras palabras habitan en la mente de otros, que alguien nos escucha en el silencio de la lectura, es el mayor de los premios. Me encontré citado, con la humilde alegría de quien se sabe parte de una genealogía invisible; no soy ya un náufrago, sino un eslabón en esa larga cadena de seres que se leen y se recuerdan para no morir del todo.

