Existen encuentros que definen nuestra geografía mental. Como todas las cosas bellas de la vida, conocí por azar a un autor y una obra que me acompañan, fascinándome, hasta el día de hoy. Lo llamo mis causalidades romanas, pues solo bajo esa lógica del destino se entiende que un libro rechazado en un estante termine convirtiéndose en el mapa de mis propias pasiones.
Fue en la zona de novedades y best sellers de la librería Lerner, en Bogotá. Afuera rugía el tráfico; adentro, el murmullo de los lectores formaba una especie de tregua. Yo cursaba entonces mi carrera de Derecho y llevaba bajo en la maleta códigos densos, apuntes subrayados hasta el cansancio y una creciente desilusión con una asignatura que prometía grandeza: Derecho romano.
En una de las mesas de exhibición vi un título que me llamó de inmediato “Roma soy yo”. Debajo, en letras más pequeñas, el subtítulo: “La verdadera historia de Julio César”. Mi escepticismo, viejo conocido, levantó la ceja. La experiencia me había enseñado a desconfiar de todo aquello que se presenta como “verdadero” con tanto énfasis, suele ser, en el mejor de los casos, discutible; en el peor, decididamente falso. Cerré el gesto, lo hojeé con rapidez y lo devolví a su lugar, convencido de que se trataba de otro libro más con un título pretencioso, diseñado para vender. Salí de la librería sin comprarlo.
Y, sin embargo, el título se quedó conmigo. Como una frase escuchada al pasar que, sin motivo aparente, insiste en resonar. Tal vez porque en ese mismo semestre yo veía precisamente Derecho romano, y la cátedra —lejos de encender mi curiosidad— parecía empeñada en apagarla a fuerza de tecnicismos, fragmentos inconexos y una frialdad académica que nada tenía que ver con la vida palpitante de aquella civilización.
Poco después, estrenaba una de las mejores adquisiciones de mi vida de lector, un Kindle. La promesa de llevar la biblioteca de Alejandría en las manos me parecía casi ciencia ficción. Y allí, de nuevo por causalidad —palabra que prefiero a casualidad, porque sugiere que hay un hilo ordenando los azares— reapareció aquel título en oferta —Roma soy yo—. Esta vez cedí y lo compré. Y, fiel a la costumbre de quienes acumulamos libros más rápido de lo que los leemos, lo dejé reposar durante meses en la estantería digital. Hasta que, una tarde cualquiera, lo abrí.
Tengo que admitirlo, me sorprendió y más aún, me conquistó. Era novela histórica, ese género que, cuando está bien hecho, consigue una alquimia rara y prodigiosa, la de unir el rigor del pasado con la emoción del relato, la precisión de los datos con la música de la prosa. Lo que en mi experiencia personal es la mejor conjugación posible, lo mejor de dos mundos, historia y literatura, razón y belleza bajando por la misma corriente.
En aquel momento, de la serie sobre Julio César solo existía ese primer volumen. Así que, una vez terminado, busqué más. Llegaron entonces, uno tras otro, los libros sobre Julia Domna, Trajano, Publio Cornelio Escipión. El autor, Santiago Posteguillo, se volvió para mí algo más que un novelista, se convirtió en un puente.
A través de su obra logré lo que mi profesor —con todos sus títulos, su programa y sus lecturas— no pudo conseguir, el enamorarme de la antigua Roma. No solo entenderla, sino desearla; no solo estudiarla, sino esperarla cada noche al abrir el libro, como quien se cita con alguien que le interesa de verdad. Quedé embelesado, con hambre de más batallas, más intrigas y más debates en el foro.
Mientras a mí me ponían a leer a Petit —autor valioso, sí, pero presentado en clase como una obligación más bien aséptica—, yo habría preferido que nos hubieran tendido primero la mano de Posteguillo. No porque uno sea mejor que el otro, sino porque el estilo del segundo es envolvente, narrativo, profundamente humano. Seduce, atrapa y, mientras entretiene, enseña una barbaridad. Hace lo que la buena pedagogía a veces olvida, que aprender también puede ser un acto de placer.
Pienso entonces en quienes se sientan frente a un temario de Derecho romano —o de cualquier otra materia— con la certeza anticipada del aburrimiento. A ellos les diría que no solo existe una puerta de entrada al conocimiento, la de la academia, elevada en su propio pedestal. Hay otras, más inesperadas, que se abren cuando menos lo esperamos.
A mis lectores y —quizá— futuros estudiantes, quiero compartirles dos certezas. La primera, que las causalidades existen, y son hermosas. Un libro no comprado en una librería del centro puede reaparecer después en la pantalla de un dispositivo electrónico y cambiar para siempre la manera en que miramos un periodo histórico. Un título al que miramos con recelo puede terminar siendo la llave de una pasión duradera. Porque el conocimiento no siempre entra por la puerta solemne del aula, sino que a veces llega como una brisa, como una casualidad que se vuelve destino.
La segunda, que hay muchas formas de llegar a amar aquello que en un principio nos parecía árido o lejano. En mi caso fueron Roma y el Derecho romano; en el suyo puede ser cualquier otra disciplina que hoy se les antoje imposible. A veces la puerta no es el manual, sino la novela histórica. No es el tratado, sino el relato. No es el examen, sino la historia bien contada que se filtra en nuestra memoria casi sin pedir permiso.
Hay, en el fondo, muchas maneras de aprender lo mismo. Cambia el tono, cambia el camino, cambia la voz que nos guía. A veces, quien nos enseña no lleva bata de profesor, sino traje de narrador. Y está bien. La literatura, cuando se lo propone, es también una forma de docencia.
Sea cual sea la ruta que elijamos —la del aula, la de las bibliotecas silenciosas, la de las novelas que resucitan imperios caídos— lo verdaderamente importante es que podamos disfrutar del trayecto y, de una u otra forma, llegar a la misma meta, la de comprender mejor el mundo y, si tenemos suerte, comprendernos un poco mejor a nosotros mismos.


