Él camina con el peso de una esperanza rota, decaída y melancólica. Creció creyendo en lo femenino como un misterio sagrado, en la mujer como guardiana de la ternura, del hogar, de los valores. Soñó con construir una familia sobre cimientos de amor y tradición, con una compañera que cuidara su pureza como un tesoro, que esperara unir su vida a la de un solo hombre, con un solo cuerpo, con un solo destino, un único corazón.
Pero al mirar alrededor, siente que esa expectativa se ha desvanecido. Las noches femeninas se llenan de fiestas, de risas que parecen huecas, de cuerpos que se ofrecen como si fueran mercancía. La pureza, que él veía como símbolo de entrega total, se ha convertido en palabra olvidada. La fidelidad, que imaginaba como pacto eterno, se diluye en relaciones fugaces. Y la idea de esperar, de guardar, de entregarse por completo, parece ya no existir.
Su corazón se estremece porque no juzga con odio, sino con profunda tristeza. No busca condenar, sino comprender. Pero lo que encuentra es vacío, una cultura que celebra lo inmediato, que confunde diversión con ruido, que ha cambiado la profundidad por la superficie. Él siente que lo femenino, aquello que veneraba como raíz de la vida, se ha disfrazado de algo que no reconoce.
En su interior, sin embargo, persiste la fe. Cree que aún hay mujeres que guardan silencio en medio del estruendo, que esperan con paciencia, que sueñan con un amor único y eterno. Cree que la pureza no ha muerto, que la ternura no se ha extinguido, que la familia sigue siendo posible. Pero esa esperanza se mezcla con la melancolía de quien contempla un paisaje árido, bullicioso y frívolo.
Y entonces, en su oración, pide fuerza. Pide que la humanidad recuerde lo sagrado del cuerpo, lo eterno del compromiso, lo luminoso de la unión verdadera. Porque para él, resistir no es nostalgia ni recuerdo, es fidelidad absoluta a un ideal que parece perdido, pero que aún late en lo más profundo del espíritu humano.

