Hay una cartografía invisible que divide el mundo no por cordilleras o ríos, sino por la jurisdicción de la fe. En la tradición clásica del islam, el mapa de la humanidad se quiebra en dos hemisferios nítidos: el dar al-Islam, la casa de la sumisión a Alá donde impera su ley, y el dar al-Harb, la casa de la guerra —la de los infieles—. Este último no es solo un espacio geográfico; es el territorio de lo que aún no ha sido conquistado por el orden coránico, el lugar donde la yihad encuentra su razón de ser histórica.
La yihad no es un invento de la modernidad herida ni un arrebato de nihilismo contemporáneo. Es, en su raíz, la herramienta de un proyecto político de unificación universal. A diferencia del judaísmo, que se replegó en la identidad de un pueblo y una tierra prometida, o del cristianismo, que separó el Reino de los Cielos de las estructuras del César, el islam nació sin división entre la religión y el Estado. Mahoma no solo fue el profeta que escuchó al ángel; fue el general que lideró batallas y el estadista que legisló una nación.
“Como la expansión de la fe va acompañada de la dominación política, y viceversa, la guerra se convierte en el instrumento privilegiado del islam. Guerra, ¿contra quién? Contra todos aquellos que no acepten la palabra del Profeta, y es importante insistir en la precisión. Alá es misericordioso, sí, pero solo con los que se han convertido, es decir, los que se han sometido a él. Con los demás no hay misericordia que valga. (Historia de la Yihad, José Javier Esparza).
Por eso, la yihad ha acompañado permanentemente al islam desde las arenas de Arabia hasta las capitales de Europa. No es una excrecencia ajena al credo, sino una hija del islamismo que bebe directamente de las fuentes del islam. Es la expresión de una fe que no conoce límites étnicos ni fronteras nacionales, porque su vocación es la totalidad. En el dar al-Harb, la paz no es un estado permanente de equilibrio entre iguales, sino el armisticio provisional que precede a la integración final en la casa de la fe.
Negar esta dualidad es ignorar catorce siglos de historia y derecho malikí, shafi’í o hanbalí. El islamismo radical de hoy no ha creado un concepto nuevo. Simplemente ha desempolvado una categoría medieval para lanzarla contra un Occidente que, en su amnesia secular, ha olvidado que para otros el mundo sigue siendo un campo de batalla espiritual y político. La yihad existe porque el proyecto de unificación sigue vivo, y mientras el mundo se divida entre la casa de la sumisión y la casa de la guerra, la espada seguirá siendo, para algunos, el pincel con el que se trazan las fronteras.
“Yo infundiré terror en los corazones de los incrédulos”
(Corán 8: 12).


