El Peso de las Flores

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El Peso de las Flores: Cada vez que mis ojos tropiezan con un hombre que sostiene un ramo de flores, inmóvil en la espera, no puedo evitar que un antiguo escalofrío recorra mi memoria. Lo observo y, en un rastro de esperanza silenciosa, deseo que la persona aguardada sea digna de ese frágil cargamento de pétalos y savia. Ojalá que esas flores no se conviertan, con el tiempo, en el abono del hastío, sino que logren habitar el refugio de los recuerdos luminosos.

Es que, para mí, ese gesto —el de dar flores— se ha teñido de una sombra persistente. No fue un amante quien marchitó el rito, sino alguien que habitaba el espacio sagrado de la amistad, casi de hermandad. Aquella cercanía, que debió ser puerto seguro, transformó el acto de regalar flores en una carga insoportable, en una pesadilla que pesa más que el mármol.

Hoy, el aroma de un ramo no me trae la primavera, sino una invasión de recuerdos que asedian el corazón. Es la decepción, esa hiedra persistente, la que se apodera de cada pétalo, recordándome que a veces los regalos más hermosos son los que terminan por asfixiar nuestra alegría, convirtiendo la delicadeza en un eco de lo que pudo ser y, tristemente, no fue.

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