Hoy, al ver con torpeza y no tener mi visión completa, el mundo parece levemente desplazado, como si la realidad hubiese corrido apenas un centímetro fuera de su lugar. Esa pequeña grieta en la rutina revela algo que normalmente ignoramos, la extraordinaria fortuna de habitar un cuerpo que funciona.
Esta limitación pasajera —que pronto volverá a la normalidad— me obliga a pensar en quienes no tienen el privilegio de recuperar la nitidez de la vista. Para ellos, la oscuridad y lo borrosos no es un paréntesis, sino un territorio permanente en el que, sin embargo, la vida también aprende a abrir caminos.
La condición humana está hecha de adaptación. Somos criaturas que reorganizan el mundo cuando algo falta. Pero estas pérdidas momentáneas cumplen otra tarea silenciosa: nos despiertan.
A veces necesitamos que algo se vuelva turbio —aunque sea por un instante— para comprender con mayor claridad lo que poseemos. Porque muchas de las cosas más valiosas de la vida solo se vuelven visibles cuando, por un momento, parecen ausentes.


