En la sabana, las hienas viven de lo que otros cazan. Así es su naturaleza. El problema es cuando un país empieza a parecerse a esa escena.
En Colombia, solo una minoría tiene empleos formales —y bien remunerados—, genera riqueza, paga impuestos y sostiene, con esfuerzo desigual, un Estado que promete abrazar a todos. Pero el abrazo cuesta más de lo que esa minoría puede ofrecer, y así nace una tensión silenciosa, millones dependen de un sistema que poco incentiva la autonomía, mientras otros sienten que cargan con la cuenta completa.
Los populistas, expertos carroñeros del descontento, convierten esta fragilidad en promesa y plan de gobierno. A unos les dicen —e imponen— que trabajan para alimentar a otros. A los otros les prometen que siempre habrá para repartir. Así, el país entero queda atrapado en la lógica de las sobras.
Pero un país no se construye con restos. Se construye ampliando la posibilidad de que más personas puedan cazar: libertad económica, reducción impositiva, empleo digno, formalidad, educación útil. Un Estado que cuide sin convertir la dependencia en costumbre.
Lo contrario es vivir eternamente de lo que sobra, y permitir que quienes viven de administrar la escasez sigan aumentando su festín.


